Capítulo 6- Steve Watson 2

Gregarismo ante todo

Al darme la vuelta no solo vi a Johan delante de mi, sino a otras personas más. Entre ellas, un joven alto, de cabello rubio liso y de gafas de pasta: era Daniel, el científico. También había dos mujeres de pelo negro, y un chico bastante joven de aproximadamente unos dieciséis años.

Johan se dio cuenta de que estaba alucinando con la presencia del pequeño grupo; mi cara lo debía de estar diciendo todo. Por esta razón, dijo:

-Steve, como veo que no me has respondido a lo último que te he dicho, estoy asumiendo que estás desconcertado con nuestro pequeño equipo-.

-¡No! ¿Cómo se te ocurre decir eso?-. Dije rápidamente.

-¿Pensabas que iban a estar los dos solos en algo tan importante?-. Preguntó Daniel.

-La verdad es que esto no me lo esperaba para nada. Creí que iba a ser una batalla perdida desde el principio, pero creo que tenemos alguna remota posibilidad de pararles los pies a estos desgraciados-. El pequeño grupo me observó por unos segundos, y Johan tomó la iniciativa:

-Como veo que tendremos unos 40 minutos libres, propongo que pasemos el control rápidamente y nos sentemos en una cafetería para hablar sobre el plan que vayamos a llevar a cabo-. Todos asentimos.

Mientras andábamos por los pasillos con nuestras maletas, la cabeza no me dejaba de dar vueltas. El miedo se trataba de apoderar de mi en todo momento. La angustia, el pavor, el temor intrínseco del ser humano hacia la muerte.

En medio de mis turbios pensamientos, se colaba alguna interacción con el personal del recinto. “Su maleta señor” escuchaba, al mismo tiempo que mi mente estaba en otro sitio totalmente distinto.

Y cuando menos me lo esperé, nos encontrábamos todos en una mesa de una cafetería del aeropuerto.  Delante de mi tenía a una de las mujeres, a mi derecha a Johan, y a mi izquierda tenía al científico.

Johan, como de costumbre, tomó la palabra:

-Steve, voy a proceder a presentarte a las personas que no conoces. Delante tuya, está Katia. Katia ha trabajado como periodista muchos años en Cuba, y creo que nos va a resultar muy útil su compañía-.

-Hola, un gusto-. Le dije. Katia me devolvió el saludo. Katia tenía el pelo negro rizado, ojos cafés, y era de contextura delgada.

– Otra persona que no conoces, es este renacuajo-. Dijo bromeando.

-¡Hola! Soy Alex-. El chico de pelo castaño me tendió la mano en señal de saludo. Yo le tendí la mía, y las estrechamos.

-Perdón si te miro mucho, ¡pero eres muy joven!-. La mesa entera se río.

-Alex puede ser pequeño, pero es un experto en la informática. Y además, cuenta con un montón de contactos. Bueno, el que realmente cuenta con muchos contactos es su alter ego en las comunidades online-. Me respondió Daniel.

-Y por último, me queda presentar a Lucía. Lucía formó parte del ejército, y queda de sobra decir lo relevante que va a resultar para nuestro equipo. Se maneja muy bien en defensa personal-.

-Encantado-. Le dije. Me sonrío. Lucía tenía el pelo negro liso y rasgos muy finos.

-Ahora que acabas de conocer a todo el equipo, creo que sería bueno comentar todo el plan rápidamente: el avión nos dejará en la Habana. Allí estaremos unos días recaudando información acerca de estos tipos, y luego partiremos hacia las Bahamas.  Puede sonar muy sencillo, pero el periodo de recaudar información se puede tornar muy duro-.

-¿Por qué? -. Pregunté instantáneamente.

-Alex, mediante uno de sus contactos, se ha enterado de que algunos tipos de esta organización se van a reunir en un hotel de la Habana…y creo que tendremos que infiltrarnos-.

-De hecho tu “creo”, me parece que sobra-. Le cortó el científico con un toque burlón.

Tras las palabras de Johan, empecé a recordar todo lo sucedido en el barco. Empecé a recordar la ansiedad que me supuso infiltrarme en un barco con todos esos psicópatas a bordo, y recordé la suerte que tuve al salir con vida de allí.

-¿Estás seguro de que resultará tan sencillo colarnos allí?-. Pregunté dudoso.

-Hemos conseguido algunos uniformes de los trabajadores del hotel, con lo cual… tendremos que fingir que somos simples empleados. Nada más-. Ante esa respuesta, asentí confiado.

Daniel alzó rápidamente el brazo, y miró su reloj. En el acto exclamó:

-Creo que es hora de partir-.

Katia cogió su cámara y se levantó velozmente. Alex hizo lo mismo con su smartphone.

Como un pequeño equipo, nos dirigimos a la sala de embarque, y en un abrir y cerrar los ojos, nos estábamos acomodando en los asientos del avión. Johan había comprado los billetes con la intención de no levantar sospechas; nadie estaba al lado de alguien del grupo.

Me puse cómodo, escuché las indicaciones del personal del avión, y encendí la pequeña pantalla que estaba delante de mi. Habían varias cosas que podía hacer, pero una que me dejaba el pequeño monitor eran leer algunos libros. Pensé que me iba a resultar útil para despejar mi cabeza. Pulsé en “el fallo de lo normal”, recliné el asiento lo suficiente, y empecé la lectura. Iba a ser el único momento de tranquilidad en un buen tiempo. Quizás no era consciente de ello.

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