Capítulo 10, Steve Watson 2

Transición

Estaba en un pasillo oscuro, no podía ver absolutamente nada. El sudor corría por mi cara y estaba realmente nervioso. Me encontraba realmente agotado tras correr horas y horas; no sentía las piernas , pero debía escapar. Cada pocos minutos escuchaba sus pisadas, y me tocaba echar a correr otra vez.

Pero no solo era el sonido de sus pisadas el que delataba su posición, sino también lo era el olor. Un hedor pútrido, y marino; un olor repulsivo, que no podía ser descrito con las palabras. Un olor, que se mezclaba a la perfección con la humedad del ambiente, y que hacía difícil poder respirar sin arrugar la nariz cada segundo.

Volví a escuchar sus pisadas, pero mis piernas no reaccionaron. Mi pierna derecha se rehusó a moverse, y se quedó atascada en una especie de barro difícil de describir. Apreté los dientes con fuerza, con la vana esperanza de recuperar mi movilidad, pero fue inútil.

Las pisadas se iban acercando cada vez más, hasta que los vi delante de mi. Los tres; exhibiendo su monstruosa anatomía, iban dando pequeños pasos hacia donde me hallaba. Sonreían con crueldad, haciendo notoria sus ganas de hacerme pedazos.

El ser de la derecha dio un paso adelante respecto a sus compañeros, y me miró fijamente con sus particulares ojos. Me aguantó la mirada, hasta que noté algo caliente que me bajaba por el vientre seguido de un dolor muy agudo.

-¡Steve, Steve, despierta!-. Me gritó Lucía con horror.

-¿Qué demonios acaba de pasar?-. Pregunté confundido.

-Te has puesto a gritar como un loco, has debido tener una pesadilla. ¡Mírate la cara, la tienes empapada en sudor!-.

Me toqué la cara, y comprobé rápidamente lo que me había dicho.

-Lucía…¿he dicho algo? Me refiero a no solo gritar como un poseso-.

-Has dicho unos nombres, pero que yo sepa no son relacionados con nuestra misión-.

-¿Puedes recordar alguno?-.

-Leonardo, me parece-.

-Me lo esperaba-. Era uno de los hombres que había realizado el trato con la organización del señor Cooper. -¿Te importa si me dejas a solas?-.

Lucía sonrío, y se fue de la habitación.

Me puse de pie, y me acerqué al espejo. Me miré con atención, y no vi nada inusual, hasta que me

fijé en mi antebrazo. Lo que vi, me dejó atónito: se podía leer el nombre “Leonardo” escrito mediante arañazos.

Toqué los arañazos suavemente, y comprobé que habían sido realizados con esmero; la piel la tenía bastante sensible y en algunas partes tenía algo de sangre. Al momento ,pensé que la mejor opción sería ir al baño y lavarme un poco la zona afectada; y eso fue lo que hice. Por precaución, me vendé el antebrazo; no quería preocupar al resto.

Aprovechando el viaje al baño, me duché y me vestí, para posteriormente bajar a desayunar. Todos estaban alrededor de la pequeña mesa de la cocina; pero la imagen era bastante distinta a la de la primera vez: Lucía tenía un botiquín en las piernas, y Daniel tenía la cara con moratones.

Mi cara de sorpresa lo debió decir todo, porque Johan me dio explicaciones sin ni siquiera preguntar:

-Pasaron muchas cosa ayer, Steve. Creo que te has podido dar cuenta-.
Asentí con suavidad, e hice la pregunta obvia:
-¿Ha salido todo muy mal?-.
-No, seguimos estando vivos-. Contestó Daniel con un toque de humor.
-Ayer casi nos matan. Sabían quiénes éramos, y no dudaron en ir a acabar con nosotros-. Dijo Johan. -Cuando yo fui a hablar con el desconocido, atacaron inmediatamente a Daniel y a Alex. Tuvimos mucha suerte que Dani se las pudiese apañar para acabar con el agresor. Parece que nos vieron a los tres en el vehículo, y cuando yo me bajé de este, no dudaron en acercarse-.
-Pero, un momento Johan… ¿no has obtenido información valiosa del desconocido?-.
-Nada que no supiéramos. Salvo un dato que quizás te interese: uno de los que fue asesinado por la organización del señor Cooper vivía en esta calle-.
Mi corazón palpitó velozmente. La respuesta podía estar más cerca de lo que pensaba.
-¿Te dio algún nombre?-.
-Leonardo-. Contestó. -Sí, se llamaba así, sin duda-.
-Perfecto-.
-Te veo seguro Steve, ¿tienes algo entre manos?-. Preguntó Daniel con curiosidad.
-Mas o menos-. Respondí. -¿Cuándo tenemos las siguientes misiones? Necesito probar algo-.
-En dos días vamos a ir al hotel en el que van a reunir los sospechosos, pero no hay nada que hacer de por medio-. Me aclaró Lucía. -¿Qué pretendes hacer?-.
-Quiero recaudar algo de información de Leonardo-.
-Bien pensado-. Añadió Lucía.
-Por cierto, ¿qué tal fue todo Katia?-.
Katia dejó la taza de café en la mesa, y respondió:
-No dijeron mucha cosa, salvo que me echaban de menos-. Dijo riéndose.
La mesa entera se rió también. El comentario de Katia sirvió para liberar la tensión que había en el ambiente.

Tras esta pequeña puesta común de información, cogí unas cuantas tostadas, y un café. Y es que como ocurre en muchas partes del mundo; una buena taza de café es sinónimo de olvidar los problemas que te rodean.

Unas cuantas horas después, algo así como a las cuatro de la tarde, Lucía entró en mi habitación mientras yo estaba haciendo la siesta. Obviamente, me desperté; y algo sobresaltado además.
-¿¡Pero qué estás haciendo aquí!?-.
-Tranquilo Steve, baja la voz. No quiero que sepa el resto que estoy contigo-. Dijo susurrando.
-Está bien. Cierra la puerta-.
Lucía la cerró obedientemente, y se sentó en la silla del escritorio.
-Sé que en la mañana te ha pasado algo malo-.
-No, estate tranquila-.
-Escuché que gritaste cuando me fui. Como si algo te hubiese llamado la atención, ¿me equivoco?-.
-No es para tanto, déjalo estar-.
-Eso que escuché yo, no era para “dejarlo estar”. Además, antes de que te despertases estabas gritando como un loco. ¿Se puede saber en qué soñabas?-.
-En primer lugar, que haya gritado cuando te fuiste no quiso decir nada. Igual fue producto de tu imaginación. Y lo del sueño, creo que no tengo ganas de contarlo-. Contesté cortante.

Lucía me miró con asombro, y se levantó en el acto. Se fue acercando poco a poco a mi cama, y se tumbó al lado mía, dándome con un mechón de su pelo en el ojo.

-Sé que no estás bien, no me trates de engañar, no se te da bien-. Me susurró al oído.
Acto seguido, se sentó en el bordillo de mi cama, y justo cuando estaba a punto de levantarse, expresé:
-No te vayas Lucía, estás en lo cierto, no estoy bien-.
-¿Me puedes responder a las dos preguntas?-.
-Lo del sueño ha sido terrible, muy difícil de describir. Solo puedo recordar a unas extrañas criaturas que me perseguía, pero que no las había visto jamás-.
Hubo un breve silencio en la alcoba.
-¿Y que pasó con el nombre que gritaste? ¿Leonardo? En la mañana has dicho que era uno de los que mató la organización del señor Cooper-. Me preguntó girándose hacia mi
-Sí, fue uno de los hombres que vi morir desde esta ventana-. Recuerdo que la señalé con esmero. -Lo que pasa, es que cuando me miré al espejo…tenía ese nombre en mi antebrazo-.
-¿¡Cómo!?-.
-Parece que me lo he escrito mediante arañazos, por eso llevo la venda-.
-Vaya, esto es más serio de lo que yo pensaba. Así que,¿ por eso quieres encontrar información de Leonardo? -. Asentí.
-Me estoy metiendo mucho en el papel de héroe, y eso me está asustando. Me estoy preocupando mucho por lo que pueda pasar-. Comenté.

Lucía me miró por unos segundos, y me dio un beso en la mejilla. Luego se volvió a poner de pie.

-Te voy a ayudar Steve.¿A las diez salimos a la calle e investigamos sobre Leonardo?-.
-De acuerdo, muchas gracias-.
Lucía sonrío, y se marchó de la habitación.

Como quedaban varias horas para la salida, aproveché el tiempo a mi manera: un poco de escritura, unos cuantos sudokus, y algunas partidas de ajedrez on-line. Por un momento pensé en salir del dormitorio, pero recordé que todos estaban igual que yo: tratando de vivir su vida, en una situación sumamente complicada.

A eso de las nueve, todos estábamos otra vez en la pequeña cocina: era la cena. Johan y Katia habían preparado fideos con salsa boloñesa, y realmente estaban deliciosos. La cena estuvo amena, y cada uno de los integrantes del grupo estaba de buen humor. En esa situación, el buen humor y la comida era nuestra válvula de escape.

Y sin darnos cuenta, dieron las diez de la noche:
-Steve y yo nos tenemos que ir un momento-. Dijo Lucía levantándose de su silla.
-Sí, vamos a buscar algo de información sobre Leonardo-. Concreté.
-De acuerdo. Lleven algún teléfono; no sabemos si les será necesario-. Dijo Daniel.
-Bien-. Respondió Lucía.

Al minuto cruzamos el umbral de la puerta principal, y nos pusimos a observar con detenimiento la calle en la que estábamos. Lo más curioso era, que aún no la había visto al detalle.

Nuestra casa era de un color azul pálido, mientras que las dos que nos rodeaban eran totalmente blancas. La nuestra estaba descuidada, mientras que las otras dos estaban muy bien cuidadas. Sí, como si de una gran antítesis se tratase. Lucía se rió de esto.

Sin exagerar, recuerdo que estuvimos como unos veinte minutos paseando por la calle sin ver nada extraño. Empezamos caminando Lucía y yo juntos a lo largo de esta, para terminar inspeccionando la calle en direcciones opuestas, y para mi sorpresa, esto último nos trajo mejores resultados.

Sin previo aviso, Lucía me hizo una señal para que me acercase donde ella estaba. Le hice caso, y me puse junto a ella frente a una casa igual de descuidada que la que nosotros estábamos. Esta, también desentonaba de las casas aledañas: era gris.
-¿Qué te ha llamado la atención?-.
-Te podría decir que el color, pero creo que la puerta aún más-.
Me fijé con atención en esta, y descubrí raudamente el motivo por el cual esa casa le había sorprendido: la puerta estaba abierta. No era muy notorio, pero lo estaba.
-¿Lista para entrar?-. Ella asintió.

No dimos ni tres pasos, cuando dos sujetos nos colocaron unos sacos en la cabeza a cada uno. Nos golpearon repetidas veces, y nos guiaron hacia una parte de la casa. Cuando pudimos ver de nuevo, Lucía gritó del susto. Un hombre bastante mayor nos estaba apuntando con una escopeta.

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