Capítulo 5- Serie: El Fallo de lo normal

Todas las cartas sobre la mesa

Para mi sorpresa, un motorista me cortó el paso. Puedo decir que él me salvo el pellejo. Me hizo un ademán para que subiese en su moto, al fin y al cabo; era mi única esperanza de burlar a mis perseguidores: una especie de agentes de la seguridad.

Tan pronto como subí, el motorista pisó el acelerador a fondo; y noté algo que nunca había sentido. La velocidad del vehículo fue tan rápida, que me desmayé en el trayecto. No se trataba de una moto corriente, de esas que tenemos los “programados”; sino de algo mucho más veloz.

Para ser sincero, no recuerdo mucho de que pasó al poco tiempo de que me rescatase el hombre, pero una cosa se me quedó grabada en la memoria. Tras haber quedado desmayado, aparecí en lo más parecido a una nave industrial.

Como ya dije, no recuerdo muchos detalles; pero algo importante se me quedó. Me encontraba en una especie de celda, con barrotes de metal. No tenía idea de lo que estaba pasando, hasta que de pronto un hombre con una máscara blanca, abrió mi celda.

Y es aquí donde mi memoria empieza a fallar, pero al cabo de unas horas; me encontraba en una mesa de madera, en medio de una estancia vacía. Alrededor de la mesa estábamos varios seres, ya que todos no éramos precisamente humanos.

Yo estaba entre dos personas por suerte, pero poco más cerca de mí se encontraba un ser de aspecto bastante extraño para los que vivimos en “nuestra realidad”. En medio de la mesa, se encontraba el tipo de la máscara, en la mano llevaba una especie de dado.

De pronto el enmascarado golpeó la mesa, y se hizo el silencio. Nadie hablaba, murmuraba o hacía el más mínimo ruido. Con suavidad tiró el dado en el centro de esta, y salió una especie de holograma. Cogió una bocanada de aire, y empezó con su particular charla:

  • ¿Todos los que estamos aquí, vienen de otras realidades cierto?-.

  • Yo no-. Contestó el extraño ser.

  • Es cierto, todos menos tú y… yo-. Dijo en tono misterioso.

La tensión empezó a reinar en el ambiente. Todos los “programados” estábamos bastante nerviosos. El extraño prosiguió:

  • Sé que están aquí por su astucia, por sus ganas de investigar más allá de los conocimientos preestablecidos, su disconformidad con las leyes. Y es que esta realidad funciona de una forma particular, si alguien la descubre tiene el derecho a entrar. Es lo único malo, pero… ¿qué se le va a hacer, verdad? Pero como han podido comprobar no son bienvenidos, a menos que pasen a ser “reales” del todo. Para conseguirlo es muy sencillo, tienen que cumplir algunos encargos que les mande. Si los hacen, les ayudaré de verdad a ser reales y tener la opción, de ir y venir entre las dos realidades; de lo contrario los entregaré a la justicia, y… ¿creo que no hace falta explicar que sucedería, no?-.

Todo el mundo se quedó en silencio, recuerdo que el sudor bajaba por mi cara; empecé a sentir un miedo que nunca había experimentado. Para sorpresa de todos, el holograma empezó a reproducir unas letras rápidamente, era algo de lo más extraño.

Al cabo de pocos segundos las letras desaparecieron, el holograma se quedó en negro. Un hombre desesperado, preguntó al misterioso personaje:

-¿Y que significa todo esto?-.

  • Simples “programados”. ¿Aún no saben que la mejor forma de transmitir información es por mensajes subliminales? Lo que acaban de ver es lo que necesitan saber. Nada más ni nada menos-.

Las personas se quedaron en silencio, nadie sabía con certeza que se debía hacer. Pero recuerdo que tuve una de las experiencias más raras de mi vida. Al momento que hubo un silencio sepulcral, algo extraño pasó por mi mente.

Una voz conocida, me empezaba a susurrar. Sus palabras fueron las siguientes:

John sabemos que tu ímpetu te ha traído hasta aquí. Sabemos que quieres volver. Si es así cierra tus ojos”.

Hice caso, cerré mis ojos y los volví a abrir, me encontraba en el despacho del principio.

No me lo creía, me pellizque el brazo; pero fue en vano. Todo lo tenía ante mis ojos era completamente real. La silla estaba girada, el hombre de lentes negros me estaba mirando. Tan pronto como dí un paso, empezó a hablarme:

-¿Estás confundido, verdad?-.

-Si-. Contesté yo.

-Pues vuelve a casa y mata a tu padre-. Me contestó.

-¿¡Qué?!-. Repliqué yo.

La estancia se volvió negra, todo empezó a dar vueltas y me caí al suelo bruscamente. Me encontraba en el suelo de mi habitación, tenía una pistola en la mano. Mi cuerpo se empezó a levantar por si sólo. Supe lo que tenía que hacer, al fin y al cabo eran las reglas del juego.

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