Capítulo 1- Serie: El fallo de lo normal

Parte 1: La entrada a la madriguera del conejo

Capítulo 1

Toda esta larga travesía, este largo viaje; empezó como si de un día normal se tratase. Aún recuerdo aquel día, como si se tratase del día de ayer. Todo comenzó un día soleado del mes de Noviembre, más concretamente el día 23 del mencionado mes.

Ese día es el cumpleaños de mi padre Roberto; por lo que yo me decidí a regalarle un magnífico presente. Recuerdo que tras salir de la universidad; por aquel entonces estudiaba en una de las mejores universidades de Canadá, me dirigí a una tienda de motos, para regalar a mi papá el modelo que él, tanto quería.

Cuando estaba en aquella tienda, empezó a ocurrir lo que yo denomino el efecto “matrix”. Como lo pueden sospechar, ocurrió el primer fallo de la realidad; pero como de costumbre en la mayoría de casos, no es que sean muy notorios.

El pequeño fallo, lo noté en unos pequeños puntos blancos que aparecieron sin previo aviso delante de mí. Lo primero que hice, fue frotarme los ojos; y como me lo esperaba, desaparecieron en el acto.

Creo recordar que el vendedor de la tienda se extrañó de mis insólitos gestos; ya que ahora que lo pienso, recuerdo que me preguntó si me encontraba bien. Yo le respondí que si, y sin perder más tiempo; compré la moto y me dirigí a mi casa.

Obviamente, al ser el regalo una sorpresa; dejé la moto aparcada en la acera. En aquellos días yo vivía en un edificio, en el centro de Toronto. Así que, abrí con mi llave la puerta principal del edificio y me dirigí a mi apartamento.

Como de costumbre toqué el timbre, y a los pocos instantes mi madre me abrió la puerta de casa. Le saludé amablemente y le pregunté:
-¿¡Ya ha llegado papá?!-.
-Si, acaba de llegar de la oficina. Ahora está en la sala, ¡date prisa John!-.
-Creo que tendré que felicitar al “viejo”-. Le dije bromeando a mi mamá.

Al entrar a la sala, encontré a media familia reunida en mi casa. Las hermanas de mi mamá; Ana y Samantha, el hermano de mi padre; Bruno y mis primos Eduardo y Claudia. Mi padre al verme sonrió y yo le abracé felicitándole.

Después de esto, dejé mi mochila en la habitación, me puse mi mejor camisa y me dispuse a salir a comer con toda la familia; una tradición por el santo de mi padre. Esta vez, íbamos a ir a un restaurante italiano, algo que a mí me entusiasmó mucho.

Como había supuesto, mi padre no se esperó ni de lejos el regalo; y empezó a llorar cuando le dije que la moto era para él. Tanta era su emoción, que me prometió que cuando fuese mi cumpleaños me iba a dar una gran sorpresa. Por lo visto, el trabajo de camarero en el verano; había dado sus frutos.

Una vez en el local, todos los de la familia pedimos varias pizzas de tamaño familiar y una copa de helado para cada uno. Y es ahora, donde tengo que hacer un parón; ya que a partir de aquí; fue donde las cosas se empezaron a salir de lo normal.

La espera de la comida se me hizo larga, y me dirigí al baño a lavarme un poco la cara; ya que recuerdo que estaba sudando. Una vez ya en el servicio, abrí el caño y me moje un poco la cara. Cuando quise secarme, me dí cuenta de que no había ningún rollo de papel cercano a mí; así que busqué en las letrinas.

Cuando entré en la primera, cerré la puerta y me puse a buscar si había algún rollo de papel; hasta que lo encontré. Me empecé a secar la cara, hasta que noté algo en el baño; no sé si sería correcto referirme a esto como una presencia; o como algo mas abstracto.

Atemorizado, salí del baño y noté una ráfaga muy fría que me hizo que se me revolviera todo lo que tenía en el estómago. Me acuerdo perfectamente que miré a mi alrededor y por un segundo, me encontré en una habitación muy rara.

Tenía las paredes negras, una gran ventana y tapizada con alfombras de tonos rojizos. Empecé a ver que la puerta se empezaba a abrir, hasta que…una luz me segó y perdí el conocimiento. Ahora que sé lo hay detrás de esta realidad; me alegro de no haber descubierto nada más sobre aquel lugar.

Como les acabo de explicar, perdí el conocimiento; así que lo que puedo recordar, fue la siguiente conversación de mi padre horas después de mi desmayo:
¿John, seguro que no te ha pasado nada en especial, y no me lo has contado? Porque me resulta muy raro que te hayas desmayado de esa forma…tan repentina como me cuentas…-.
Te lo juro padre, no pasó nada en especial; sólo creo que no tuve un buen día. Nada más-.
No es eso, es que hay algo que me llamó la atención en aquel restaurante-.
¿A que te refieres padre?-.
Cuando tú te dirigiste al servicio, un grupo de hombres con camisas negras entraron al baño igual que tú; me extraña que no los hayas visto-.
Imposible, no los he visto por asomo; te juro que estaba solo en el baño-.
Veo que no tienes la memoria muy buena John, será mejor que descanses-.

Toda la noche me quedé pensando en las palabras de mi padre, ¿cómo era posible que un grupo de hombres habían entrado en los baños y yo, no me había enterado de nada? ¿Todo lo que estaba viendo era una ilusión?

Como pueden apreciar ustedes, aún no entendía nada de lo que ocurría; pero la respuesta a todo iba a llegar rápido, igual demasiado rápido. Este sólo era el principio de mi odisea; aún no me había asomado a la “entrada de la madriguera”.

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